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ANTONIO RAIMONDI POR LOS RUMBOS DE LA REGIÓN ICA – PRIMERA PARTE

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Por Mg. Genaro Chanco Mendoza
En el discurrir previo a su arribo a Ica, el italiano e investigador geográfico Antonio Raimondi venía ya de una travesía extensa, prolongándose durante meses en aquel 1862, desplazándose por las serranías de Huancavelica con dirección hacia Ayacucho, avanzando por una secuencia de poblados que no solo marcaban hitos geográficos, sino también lo llevarían por sendas patológicas que debilitarían al más enérgico de los caminantes.
1. DESPLAZAMIENTO POR AYACUCHO Y HUANCAVELICA
En sus largas caminatas, y según registro de su libreta de notas número 27, saldría el 31 de octubre de 1862 desde Chupamarca, hacia Turpo, más adelante Cotay, internándose por los relieves de Huancavelica el 02 de noviembre del mismo año.
Continuo su viaje pasando por Lircay, La Mejorada, Julcamarca hasta finalmente alcanzar Ayacucho, el 16 de noviembre, punto donde su itinerario, lejos de concluir, parecía apenas reconfigurarse.
Desde allí y acaso impulsado por ese afán exploratorio que lo caracterizaba, continuó hacia Huanta y llegando a Huallay, el 22 de noviembre, adentrándose en espacios donde la geografía se tornaba más abrupta, más exigente, para luego emprender el retorno hacia la costa, volviendo a Ayacucho y desde allí encadenando nuevas etapas: Ancosmayo, Niñobamba, Atúnsulla, Lliillinta, Pilpichaca, nombres que, en la lógica del viajero, no eran simples estaciones, sino puntos de tránsito donde el cuerpo y la voluntad iban doblegando su resistencia.
2. ENFERMEDAD DE RAIMONDI
Sin embargo, es en la llegada a la hacienda San José de Huaytará, el 16 de diciembre, donde el relato adquiere un giro más humano, más frágil incluso. Allí, Raimondi comienza a experimentar un deterioro físico evidente: permanece postrado en cama por más de un mes, sin poder incorporarse, refiriendo una incapacidad funcional evidente para movilizarse, agravada por dolores intensos en la pierna que le impedían siquiera sentarse con normalidad, obligándolo a escribir en posición casi horizontal. Y es él mismo quien lo confiesa, escribiendo el 19 de enero a su amigo y confidente, el médico Miguel Colunga, desde la hacienda:
“Heme aquí todavía tendido en la cama, sin moverme desde más de mes y medio, sin saber cuándo podré salir de esta prisión que tanto me molesta […]”
A ello se sumaban episodios previos descritos en su correspondencia como fiebre elevada, malestar muscular generalizado, junto con náuseas y vómitos intermitentes, síntomas que, lejos de ceder de inmediato, parecían aparecer en crisis, debilitándolo progresivamente y, aun así, manteniéndose lúcido, organizando su salida, proyectando el siguiente movimiento.
En medio de ese estado frágil, Raimondi toma una decisión que revela tanto urgencia como determinación: ser trasladado en camilla hasta Ica, anticipando que las marchas serían cortas, lentas, casi fragmentadas, calculando incluso que el trayecto podría extenderse por unos quince días. No hay aquí dramatismo innecesario; hay, más bien, una evaluación sobria de su condición y, en el fondo, una negativa a detener del todo su marcha.
3. LOS PEDIDOS DE RAIMONDI
Lo que resulta particularmente revelador y hasta conmovedor, si se lee con detenimiento es que, en paralelo a ese deterioro físico, su mente seguía operando con precisión casi metódica. En su carta dirigida a Miguel Colunga, no solo comunica su estado, sino que formula encargos concretos, casi como si estuviera en plena actividad: le solicita gestionar la recolección de sus sueldos en la Tesorería de la Escuela de Medicina, organizar la remisión de cartas provenientes de Europa, y, con especial énfasis, le pide enviar materiales indispensables para su labor científica, entre ellos pliegos de papel de dibujo, libretas de apuntes y una eolípila vertical, instrumento útil para experimentación física, además de procurar la adquisición de un texto especializado como el tratado de “Análisis cualitativo” de Gérard, evidenciando que su interés por la química seguía intacto incluso en condiciones adversas.
4. DE SAN JOSÉ HACIA HUAYTARÁ
El 22 de enero de 1863 abandona la hacienda San José, pero no caminando, sino siendo transportado en camilla, cargado por hombres que lo conducen a través de quebradas y cerros hasta alcanzar Huaytará, donde llegó el 24 de enero. El viaje, en esas condiciones, deja de ser exploración para convertirse en resistencia pura, en una especie de tránsito entre la vulnerabilidad física y la persistencia del propósito.
Antonio Raimondi confiesa en su carta a Miguel Colunga fechada el 20 de febrero de 1863 en Ica, la ruta deja de ser una simple descripción topográfica y se convierte, más bien, en una experiencia al límite, casi una lucha constante entre el cuerpo debilitado y la geografía hostil. Menciona que, durante el traslado en camilla, los movimientos eran tan bruscos que terminaba con “la cabeza en el suelo y los pies en el aire”, lo que evidencia no solo la inclinación de las pendientes, sino la precariedad del transporte en esas rutas. En las laderas más inclinadas, incluso refiere haberse amarrado con sábanas para evitar rodar hacia los precipicios o caer al río, detalle que no solo humaniza la experiencia, sino que revela el riesgo real del camino.
5. DE HUAYTARÁ HACIA ÑAHUIMPUQUIO
En la continuidad de su itinerario, ya habiendo logrado dejar atrás la crítica convalecencia en Huaytará, Antonio Raimondi reemprende el viaje con una precisión casi cartográfica avanzando en marchas cortas, casi cautelosas, como si cada tramo exigiera una recuperación previa. Lentamente, sin apresurarse, porque el cuerpo no lo permitía, continúa descendiendo hacia la costa, acercándose progresivamente al valle de Ica, como describe en su misiva: “[…] pues poder ó no poder me hice poner sobre la bestia e hice la otra parte de camino hasta Ica haciendo marcha muy cortas y llegando á la Pascana semimuerto”.
El día 8 de febrero de 1863, partiendo desde Huaytará, inicia el descenso hacia un arroyo cercano, como si el trayecto comenzara suavemente, pero apenas cruzado este punto, se enfrenta a una larga y estrecha cuesta, ascendiendo durante aproximadamente 2.5 kilómetros en dirección sur. Sin detenerse, o quizás solo lo necesario para observar, continúa el ascenso por unos 7.5 kilómetros adicionales, desplazándose entre direcciones SSE y SE, atravesando otros arroyos que, más que obstáculos, parecían marcar el pulso del paisaje andino.
Al alcanzar la cumbre, momento que, en estas rutas, solía implicar tanto esfuerzo físico como recompensa visual, Raimondi inicia el descenso hacia un valle que identifica como origen del sistema hidrográfico que alimenta Ica. Tras aproximadamente 5 kilómetros de bajada, manteniendo rumbo sur, llega finalmente a la estancia de Ñahuimpuquio, ubicada discretamente a un lado del camino. El lugar, lejos de ser un centro poblado significativo, apenas consistía en una vaquería con dos o tres ranchos, lo que sugiere un espacio de tránsito más que de permanencia.
Continuará…

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