A comienzos de la década de los 90, cuando la telefonía móvil recién daba sus primeros pasos en el país, tener un celular era un privilegio reservado para un reducido grupo de empresarios, ejecutivos y personas con alto poder adquisitivo. Estos equipos, muy diferentes a los modernos teléfonos inteligentes, destacaban por su gran tamaño, su peso cercano al medio kilogramo y su elevado precio, que podía alcanzar varios miles de dólares.
Además de su costo, las llamadas también representaban un gasto considerable, por lo que su uso estaba limitado principalmente a situaciones de trabajo o emergencias. Lejos de las cámaras de alta resolución, las aplicaciones y el acceso a internet que hoy conocemos, aquellos primeros celulares tenían una función básica: permitir la comunicación desde cualquier lugar con cobertura.
A pesar de sus limitaciones, estos dispositivos marcaron un antes y un después en la historia de las telecomunicaciones en el Perú. Lo que en ese entonces parecía una tecnología exclusiva y casi inalcanzable, con el paso de los años se fue masificando hasta convertirse en una herramienta indispensable para millones de personas.
Tres décadas después, resulta sorprendente recordar aquellos enormes teléfonos que apenas podían transportarse cómodamente y cuya batería ofrecía una autonomía muy limitada. Sin embargo, fueron ellos los que abrieron el camino hacia la era digital y la conectividad permanente que hoy forma parte de la vida cotidiana de los peruanos.